Noviembre 14, 2007...10:44 pm

La mujer de los pechos turgentes

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Mi papá tiene un taller de autos. Como no puede ser de otro modo, su ropa y sus manos suelen estar cubiertas de grasa. El pasado sábado, un rato antes del cierre del taller, una señora trajo su carro para realizar un balanceado. Ella era dueña de dos pechos de gran dimensión (“nada de siliconas, esas eran de verdad”. Cito textual).                                      La cuestión es que mi padre bajó a la fosa y llamó a la señora para que viera un desperfecto que tenía su carro.  Cuando la mujer se acercó, sufrió un mareo, por lo que Papá Pancho le sugirió que subiera. Cuando salían de la fosa la señora se desvaneció por completo. Mi papá, que venía por detrás, la agarró como pudo (y de donde pudo…).                                Cuando logró subirla, la recostó en el piso, sobre un cartón poco menos sucio que el resto del taller. Poco a poco la mujer recobró la conciencia. En tanto, mi padre notó que en la remera amarilla de la señora aparecían marcadas sus dos manos. Quedaban perfectamente dibujadas sobre los atributos de la clienta. Una y otra vez se repetían. La antítesis de un crimen perfecto.

Cuando se recuperó, la señora agradeció la atención de mi viejo y llamó a su hijo para que la viniera a buscar. Rogando que no fuese físico culturista, o algo parecido, mi papá esperó con resignación su destino. Finalmente el hijo llegó, supuso lo ocurrido (¿?) y llevó a la señora a su casa sin más comentarios que un apático gracias.  

Por lo pronto, mi viejo salió ileso. ¿La señora? … la señora no tanto.   

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