José nunca había vivido en un departamento. A él le gustaban los espacios verdes, las plantas con flores y los aljibes rosados, que algún día llenaría de monedas con las que pagaría los estudios de los seis hijos varones que tendría. Porque José no confiaba en bancos ni alcancías.
¿Dije que José nunca había vivido en un departamento? Pues bien, nunca hasta ahora. Como Gabriela lo había dejado por el jardinero, se había prometido que jamás habitaría de nuevo un espacio que necesitara atención externa, menos aún cuando esa atención viniera con grandes bíceps, sin remera y con un bronceado que hasta a la perra caniche hacía salivar.
Ahora José se conformaba con los cuatro cactus que adornaban el balcón y se compadecía de los vecinos, cuando en sus caminatas diarias, observaba a las mujeres cebando mate a los jardineros. Entonces, José pensaba en los maridos y se le piantaba un lagrimón, al tiempo que atravesaba la vereda de un hogar tras otro y disparaba miradas de desprecio a cada una de las Gabrielas que encontraba en su trayecto. Todas eran el reflejo vivo de lo que había sido ella. La misma a quien tantas veces le quitó las espinas del arbusto del jardín que sin querer se habían hecho carne en su hermosa espalda. ¿Quién le sacaría las espinas ahora? ¿Quién curaría sus heridas? ¿Quién…?
Obsesionado con todos los “quién” que ahora tenían a un jardinero por respuesta, José entró al edificio en que ahora vivía y subió al ascensor, que se encontraba en la planta baja como esperándolo. Mientras el elevador subía lento y armonioso, José miró su imagen en los espejos que lo rodeaban y maldijo la luz de los ascensores, de los probadores, del baúl del auto, y ya que estaba, maldijo a Gabriela.
Entonces ya no estaba subiendo, pero sí maldiciendo. La puerta del ascensor se abrió y José salió con las llaves en mano, derecho hacía la letra “A”, que marcaba el ingreso al lugar de donde él era el jefe, no Gabriela, no el jardinero. Se sorprendió al notar que había dejado la puerta sin llave y entró sin mucho más preámbulo.
Entonces la vio. Carmen era la vecina del séptimo “A”, justo un piso por debajo del suyo. Estaba parada en el centro del comedor y lo único que llevaba puesto era una tobillera azul con piedras verdes.
-Linda tobillera, dijo José, y desapareció tras la puerta del departamento “A”, pero del piso que no era el suyo.
Continuará…
(¿Continuará?)



8 comentarios
Octubre 16, 2008 a las 1:15 am
imposible ser jardinero y fiel!
Imposible!
Octubre 16, 2008 a las 1:40 am
muy bueno.
Octubre 16, 2008 a las 3:11 pm
Eh! Qué bueno…! Me deja una cosa picosa en la espalda bastante imprudente!!
Che, vos sabés que te leo de vez en cuando…y cuando leí en el blog del minúsculo que vas siempre me dió la sensación de que te veo siempre y no sé quién sos! Es raro porque los dueños de blogs (wordpress, qué se yo) no sé si deberían conocerse. Pero es raro porque yo también estoy todos los viernes. Jaja.
Bueno, me gusta como escribís. El viernes te cobro la entrada y no me doy cuenta.
Un saludo!
Octubre 17, 2008 a las 11:21 am
quiero más!
Octubre 17, 2008 a las 5:18 pm
Prima del alma… Donde encuentro un jardinero así? por que no sabes que alto estan los yuyos de casa… y los de Unquillo son todos feos (los jardineros no) jajajaja
Prima sos una genia… sos el orgullo de la flia jajaja
besos
Ju
Octubre 17, 2008 a las 11:17 pm
martín. dejame que busco un jardinero para el cantero de mi casa y te cuento…
elena. gracias negrus!
DaDá. El viernes voy, el viernes voy! seguro nos hemos (que no es lo mismo que “emos”) visto muchas veces… yo por las dudas saludo a todos hasta que te vea… ja!
C. ja! si usted lo pide!
Juli. (tona). sos adorable prima! beso grande!
Octubre 20, 2008 a las 10:54 pm
Linda Tobillera…
Pa contarle las piedritas, una a una…
jaja, me imagine un piropo a lo cordobés…
En fin, un besoooootototootote!!!!
lala
Octubre 25, 2008 a las 1:52 am
mmm…estoy esperando más jardinero