Octubre 15, 2008...10:42 pm

El jardinero fiel

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José nunca había vivido en un departamento. A él le gustaban los espacios verdes, las plantas con flores y los aljibes rosados, que algún día llenaría de monedas con las que pagaría los estudios de los seis hijos varones que tendría. Porque José no confiaba en bancos ni alcancías.

¿Dije que José nunca había vivido en un departamento? Pues bien, nunca hasta ahora. Como Gabriela lo había dejado por el jardinero, se había prometido que jamás habitaría de nuevo un espacio que necesitara atención externa, menos aún cuando esa atención viniera con grandes bíceps, sin remera y con un bronceado que hasta a la perra caniche hacía salivar.

Ahora José se conformaba con los cuatro cactus que adornaban el balcón y se compadecía de los vecinos, cuando en sus caminatas diarias, observaba a las mujeres cebando mate a los jardineros. Entonces, José pensaba en los maridos y se le piantaba un lagrimón, al tiempo que atravesaba la vereda de un hogar tras otro y disparaba miradas de desprecio a cada una de las Gabrielas que encontraba en su trayecto. Todas eran el reflejo vivo de lo que había sido ella. La misma a quien tantas veces le quitó las espinas del arbusto del jardín que sin querer se habían hecho carne en su hermosa espalda. ¿Quién le sacaría las espinas ahora? ¿Quién curaría sus heridas? ¿Quién…?

Obsesionado con todos los “quién” que ahora tenían a un jardinero por respuesta, José entró al edificio en que ahora vivía y subió al ascensor, que se encontraba en la planta baja como esperándolo. Mientras el elevador subía lento y armonioso, José miró su imagen en los espejos que lo rodeaban y maldijo la luz de los ascensores, de los probadores, del baúl del auto, y ya que estaba, maldijo a Gabriela.

Entonces ya no estaba subiendo, pero sí maldiciendo. La puerta del ascensor se abrió y José salió con las llaves en mano, derecho hacía la letra “A”, que marcaba el ingreso al lugar de donde él era el jefe, no Gabriela, no el jardinero. Se sorprendió al notar que había dejado la puerta sin llave y entró sin mucho más preámbulo.

Entonces la vio. Carmen era la vecina del séptimo “A”, justo un piso por debajo del suyo. Estaba parada en el centro del comedor y lo único que llevaba puesto era una tobillera azul con piedras verdes.

-Linda tobillera, dijo José, y desapareció tras la puerta del departamento “A”, pero del piso que no era el suyo.

 

Continuará…

(¿Continuará?)    

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